
Estoy de vacaciones en Playa del Carmen. Esta vez, a solas con mi esposo, después de mucho tiempo sin escaparnos sin niños. Decidimos que necesitábamos reconectar, despejar la mente y simplemente descansar.
En cuanto decidimos el viaje, mi mente —que sabe muy bien cómo sobrepensar— se activó con mil ideas. ¿Vamos a un cenote? Nunca hemos ido juntos. ¿Y si vamos todos los días a la playa? Podemos escaparnos a Tulum, hacer snorkel, salir a cenar cada noche, probar todos esos cafés nuevos que tengo guardados. Quiero tomar algo, porque en casa nunca tomo. Y también pasar tiempo en la alberca. Teníamos diez días. Según yo, tiempo suficiente para hacer absolutamente todo.
Pero al llegar al departamento lo único que logré hacer ese primer día fue caminar al súper por algo de comida y café para el día siguiente. Y cuando desperté la mañana siguiente, decidí no salir. Me senté tranquila, sin apuros, y ahí entendí algo importante: no soy ese tipo de viajera que quiere devorarse el destino a cada minuto. Me estaba generando estrés a mí misma con la idea de “aprovechar al máximo” solo porque estaba de vacaciones.
Y entonces solté. Solté la idea de cumplir con agendas y actividades. Solté la culpa por querer quedarme en el departamento sin hacer nada, ni siquiera ir a la playa. Porque me di cuenta de que lo que realmente necesitaba era exactamente eso: no hacer nada. No planear, no decidir, no moverme, no organizar. Solo seguir mi feeling. Día a día. Si se atravesaba una comida con amigas y tenía ganas, iba. Si me nacía caminar por la playa, lo hacía. Pero también se me antojaba dormir temprano, despertar tarde, tomarme el café lentamente, hacer un rompecabezas de mil piezas sin presión por terminarlo, comer papaya, tomarme un vino acostada en la hamaca del balcón, entrenar a las 10 y no apenas al despertar, tomar un cocktail entre semana y no esperarme al fin de semana, caminar por la calle mientras me como un helado.





Así, sin tiempos ni expectativas, encontré la calma que llevaba meses buscando sin darme cuenta. Estaba tan en automático que había olvidado lo que se sentía simplemente vivir.

A veces, las vacaciones no son para ver y hacer más, especialmente cuando el lugar que visitas alguna vez fue tu hogar. Estas fueron unas vacaciones de soltar, de bajarle el volumen al deber ser, de romper rutinas y conectar con la versión más ligera y real de mí. Esta paz también me ayudó a reconectar con mi pareja, a comunicarme mejor y a fluir sin tanto control.
Hoy, ya lo sé: soy ese tipo de viajera. La que descansa más cuando menos planifica. La que encuentra placer en lo simple. Y ahora que lo acepté, no pienso volver atrás.
.



Leave a comment